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Patadeperro
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El once; las doce y el silencio.

Tenía clase a la una, iba en el metro y faltaba una estación para llegar a mi destino: Moncloa, el tren se detuvo, la voz del conductor se escuchó en los altavoces: “con motivo del día de hoy y como homenaje a las víctimas del 11-M, el servicio se detendrá cinco minutos, los invitamos a guardar un respetuoso silencio”. Cuando desperté sabía que hoy no iba a ser un día cualquiera, comencé a mirar a las personas sentadas en el vagón y me di cuenta que a todos, como a mi, comenzaba a crecerles un nudo en la garganta, sus miradas eran esquivas y sus manos denotaban nerviosismo. Iba de frente a la puerta así que giré la cabeza para ver a los que, parados, esperaban la llegada del próximo metro al otro lado de la vía. Todos tenían la misma actitud, el silencio comenzó a poseer la estación y supongo que en ese momento, en toda la ciudad no se escuchaba más que el sonido de las gargantas inflarse y los recuerdos volar hacia un solo sitio, un tren, donde hace un año varias bombas, mataban a padres, hijos, esposos, amigas y conocidos. Así, sin más. Una mujer de aspecto árabe bajó la cabeza como pidiendo perdón por algo de lo que era tan culpable como yo o como un grupo de nórdicas que estaban a su lado. Quizá algún día, esta fecha sea sólo una efeméride en un libro de historia que ningún alumno leerá, pero hoy, apenas hoy, la herida es tan reciente que duele y se transforma en silencio que aturde, que ensordece. El servicio se reanudó y esta ciudad, que pretendo hacer mía, se puso en marcha de nuevo, cuando me bajé del vagón y sentí las puertas cerrarse tras de mi, pensé en todas aquellas personas que hace un año no pudieron bajarse de un tren, ni llegar a donde querían. “Todos íbamos en ese tren” se leía en las pancartas posteriores al 11 de hace un año, si todos los madrileños y españoles y humanos iban en ese tren, el día de hoy hizo parada y yo me subí también. No participaré en las marchas, no leeré discursos ni firmaré papeles, pero saliendo de clases iré a la estación de Atocha y, quizá entonces, pueda sentarme por ahí a llorar y a quitarme de una vez este nudo que no me deja respirar.
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